¿Cómo fue posible esta gran gesta de la
Evangelización Constituyente? Sin lugar a dudas ella fue posible en
primer lugar gracias al gran amor con que Dios Padre nos ha amado porque
como dice San Pablo, “se han hecho patentes la bondad y el inmenso amor
que Dios, nuestro Salvador, tiene a los hombres. Él nos ha salvado, no
en virtud de nuestras buenas obras, sino por puro amor; y lo ha hecho a
través del agua, que nos hace nacer de nuevo y nos renueva bajo la
acción del Espíritu Santo, que Dios ha derramado en nosotros, con
abundancia por medio de nuestro Salvador Jesucristo”.
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Pero también la Evangelización Constituyente
fue posible gracias a la activa cooperación con la gracia divina, de
tantos misioneros ejemplares, que dejando casa, padre, madre, glorias
humanas y posesiones (ver Mt 19, 29) lo dejaron todo, y llenos de amor
por Jesús, la Iglesia y la salvación de las almas, se lanzaron a la gran
aventura de la evangelización de nuestras tierras. Su gesta nunca será
suficientemente reconocida y agradecida. Muchos de ellos llegaron hasta
el extremo de entregar sus vidas por el anuncio del Evangelio, siguiendo
el ejemplo de Cristo y de los mártires del cristianismo.
Sí, gracias a estos grandes misioneros,
América Latina y el Perú son un continente y un país católico. Y fueron
grandes misioneros, porque no se anunciaron a sí mismos sino a Cristo y
su misterio de salvación, núcleo de toda evangelización, ya que Cristo
manifiesta el Plan del Padre y le revela a la persona humana, el modo de
llegar a la plenitud de su propia vocación.
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Fueron grandes misioneros porque fueron
misioneros según el corazón del Señor Jesús, el primer evangelizador,
porque supieron re-presentar (e.d hacer presente) al único Buen Pastor,
el Señor Jesús, haciendo entrar a sus ovejas por la única puerta de la
salvación que es Cristo.
Fueron grandes misioneros porque tenían un
amor profundo por los indios que los impulsaba a llevarles el mensaje de
la fe de manera sencilla, directa, completa y armoniosa. Y, a partir de
Cristo, los educaban a resolver las exigencias de la vida, tanto
personal, familiar, como social.
Fueron grandes misioneros porque
mantuvieron una perspectiva integral en la que evangelización-salvación y
la evangelización-promoción humana no están opuestas sino armónicamente
unidas. Al ir a las raíces de la gesta evangelizadora de América
Latina, descubriremos que la identidad de nuestro Continente se va
forjando del anuncio de la Palabra y de la promoción humana como
realidades que van siempre unidas.
Es decir había una visión de evangelización
integral, siguiendo el modelo de la Cruz que está constituida por dos
maderos: el vertical que representa la evangelización-salvación, y el
horizontal que representa la evangelización-promoción humana. Suprimir
alguno de estos maderos o dimensiones de la evangelización, convertiría
la Cruz de Cristo en una estaca o en un palo tirado en el camino, y no
en la Cruz gloriosa del Señor Jesús. Estos grandes misioneros tuvieron
siempre presente la concepción integral de la evangelización, en la que
sin menoscabo alguno del anuncio del Evangelio y la educación en la fe,
se buscó servir al hombre de manera integral.
Misioneros franciscanos en México como Fray Martín de Valencia y sus doce compañeros llamados los Doce Apóstoles, entre quienes se encuentra Fray Toribio de Benavente, quien asumiera el nombre de Motolinía
que significa “pobre”, porque así llamaban los indios a estos
franciscanos; o Monseñor Vasco de Quiroga, Obispo de Michoacán (México),
cariñosamente llamado por los indígenas con el nombre de “Tata Vasco”
(Papá Vasco), o la gran obra de las “reducciones” en el Brasil,
Paraguay y Argentina a cargo de Franciscanos y Jesuitas, son sólo
algunos ejemplos de Grandes Misioneros de nuestra América Latina, que
con su esfuerzo de una evangelización integral sellaron la identidad
católica de nuestro Continente, designado por esta razón con justicia
por el siervo de Dios Juan Pablo II, el Continente de la Esperanza, y
llamado a ser ahora, por el Santo Padre Benedicto XVI, el Continente del
Amor por la Eucaristía: “¡Sólo de la Eucaristía brotará la civilización
del amor que transformará Latinoamérica y el Caribe, para que, además
de ser el Continente de la Esperanza, sea también el Continente del
Amor!”.
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Pero el tema de esta conferencia, me exige centrarme solamente en los Grandes Misioneros del Perú.
Cosa que quiero hacer como dije en la introducción, en dos momentos. En
un primer momento dando una rápida mirada a la acción evangelizadora de
las órdenes religiosas en nuestra Patria y en un segundo momento,
aproximándonos a algunos de los grandes evangelizadores del Perú. El
tiempo asignado me obliga a ser breve y a escoger sólo algunos ejemplos.
La acción evangelizadora de las Órdenes Religiosas en el Perú.
Si bien la evangelización fue una obra
conjunta de los españoles que llegaron a los territorios del Nuevo
Mundo, quienes dieron un primer gran impulso a la obra misionera fueron
principalmente los miembros de diversas órdenes religiosas.
Al Perú llegaron para evangelizar, las
órdenes dominica, franciscana, agustina, mercedaria y jesuita. Todas
ellas se lanzaron con gran entusiasmo y esfuerzo a realizar el objetivo
de la evangelización que es el anuncio del Señor Jesús, único salvador
del mundo ayer, hoy y siempre.
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Pero este anuncio supuso en cada caso algunos acentos
particulares que enriquecieron y perfeccionaron el proceso
evangelizador. Así los dominicos se caracterizaron por
difundir las enseñanzas escolásticas, y centraron la difusión del
evangelio a través de colegios y centros superiores de enseñanza
abiertos a los naturales. Su contribución fue importantísima en la
enseñanza de la fe católica.
Uno de los más grandes logros de esta
orden, fue la fundación de la Universidad de San Marcos el 12 de mayo de
1551, por Fray Tomás de San Martín. San Marcos se hizo realidad por
cédula real de Carlos I de España y V de Alemania, siendo oficialmente
la universidad más antigua de América. Los dominicos también pusieron
énfasis en el conocimiento de las lenguas autóctonas y de las costumbres
locales para una adecuada evangelización. Fruto de esta preocupación
fue el “Lexicon o Vocabulario general del Perú llamado quechua”, de Fray
Domingo de Santo Tomás, publicado en 1560. Esta obra fue un aporte
trascendental en la comprensión de las formas gramaticales y
conceptuales de los indios.
Fueron dominicos también Fray Vicente
Valverde, Juan de Olías, Jerónimo de Loayza (primer arzobispo de Lima) y
Gaspar de Carvajal, quien acompañara a Francisco de Orellana en el
descubrimiento del río Amazonas en 1545. No hay que olvidar que la orden
dominica ha dado al Perú tres santos y una beata, de los cinco santos y
dos beatos que tiene nuestro país inscritos en el Martirologio Romano:
Santa Rosa de Lima, primera flor de santidad de América, San Martín de
Porres y su compañero y amigo inseparable San Juan Macías y la Beata Sor
Ana de los Ángeles Monteagudo.
Por su parte los franciscanos
llegaron al Perú en 1542, destacándose por su fervor misionero. Los
franciscanos llegaron hasta los lugares más recónditos del Perú con la
finalidad de llevar la Palabra de Dios a todos los indígenas. Se
dedicaron más que nada a las misiones populares, conviviendo
prácticamente con los indios para transmitirles no solo con la palabra
sino su testimonio de vida, la fe cristiana. Fieles a la unidad
inseparable entre evangelización-salvación y evangelización-promoción
humana, junto con el anuncio de la Buena Nueva enseñaron a los indios
labores agrícolas (por ejemplo arar con bueyes, hacer yugos, arados y
carretas), la gramática castellana (leer y escribir) y el arte de tocar
instrumentos musicales de viento y cuerda, entre otros oficios. El
primer franciscano en llegar al Perú fue Fray Marcos de Niza. Poco
después llegaron los frailes Jodocko Ricke, Pedro Gosseal y Pedro
Rodeñas. Para 1542 llegó al Perú una expedición conformada por doce
frailes, lo cual dio origen a la provincia peruana franciscana de los
Doce Apóstoles. Entre los esfuerzos por inculturar la fe cristiana entre
los indígenas, cabe señalar la obra de Fray Luis Jerónimo de Oré, autor
del “Símbolo católico indiano”, que además de incluir una gramática
quechua y aymara, incluye una descripción geográfica del Perú y valiosa
información sobre las costumbres de los naturales. Finalmente no hay que
olvidar que la orden franciscana ha dado a la Iglesia del Perú un gran
santo misionero, de quien hablaremos más adelante: San Francisco Solano,
apóstol del Perú y de la Argentina.
Los agustinos llegan al
Perú en 1551. En menos de diez años tuvieron iglesias y conventos en las
principales regiones del virreinato. Dedicados como los demás a la
evangelización, tuvieron sin embargo un papel preponderante en la
conversión de los curacas y de las personas más importantes de los
ayllus descendientes de los incas. Entre ellos destacan Fray Antonio de
Calancha, autor de las crónicas sobre las acciones agustinas en el
virreinato del Perú y Fray Alonso de Ramos Gavilán, quien participara
extensamente en la extirpación de las idolatrías.
Los mercedarios arribaron
al Perú en el temprano año de 1534. Su gran espíritu misionero hizo que
la orden llegara a las altas cumbres de nuestra cordillera en búsqueda
de los indios para evangelizarlos. Fueron mercedarios Fray Martín de
Murúa, cronista que se dedicó a la recopilación de la historia del
Tahuantinsuyo y autor de la crónica “Origen y Descendencia de los Incas”
y Fray Diego de Porres, misionero dedicado a la enseñanza de la fe
católica, apoyándose en instrumentos nativos como el quipu.
Finalmente la orden de la Compañía de Jesús o jesuitas
llegaron al Perú en 1568. Su labor evangelizadora no sólo se centró en
los indios, sino también en los descendientes de los principales curacas
incaicos. Por ello fundaron en Lima y en el Cusco los Colegios Mayores
para la educación de la nobleza andina. Asimismo se dedicaron a la
enseñanza de los españoles para lo cual abrieron colegios en Lima y en
el Cusco, y además en la ciudad imperial fundaron una universidad.
Estudiaron a fondo el quechua y el aymara. Fruto de ello fue el
diccionario de la lengua quechua de Diego Gonzales Holguín de 1608. Este
libro fue de vital importancia para la labor evangelizadora ya que
otorgaban a los misioneros el conocimiento necesario de las lenguas
locales y los criterios para la interpretación de las tradiciones orales
andinas.
Mención aparte es la persona del Padre José
de Acosta, gran colaborador de Santo Toribio de Mogrovejo, segundo
Arzobispo de Lima, de quien nos ocuparemos más adelante. Fue sin duda el
brazo derecho de Santo Toribio en los altos asuntos del gobierno
pastoral. Autor de la Historia natural y moral de las Indias, compuso también una obra admirable, De procuranda indorum salute,
en la que, llevando a síntesis madura los estudios de autores
precedentes, daba respuesta segura a muchas cuestiones teológicas,
jurídicas y misionales. Escrito entre 1575 y 1576, este libro fue
considerado desde su aparición como un importante Manual de
Misionología. El Santo Arzobispo de Lima, encontró en el Padre Acosta un
colaborador inteligente y eficaz.
Es bueno señalar que todas las órdenes,
dominica, franciscana, agustina, mercedaria, y jesuita, sin excepción,
fueron grandes defensoras de la dignidad de los indígenas, de sus
derechos y justas aspiraciones. Desde la plena fidelidad al evangelio,
denunciaron los abusos de los sistemas injustos aplicados a los
indígenas, pero no por miras políticas ni por móviles ideológicos, sino
porque descubrían en ellos serios obstáculos a la evangelización, por
fidelidad a Cristo y por amor a los más pequeños e indefensos.
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Algunos Grandes Misioneros del Perú
Nos toca ahora ver la vida y la obra del
algunos Grandes Misioneros del Perú. Los evangelizadores de la primera
hora. Son muchos los que podríamos presentar, pero por no disponer de
mucho tiempo, quisiera limitarme a sólo tres: a Fray Vicente Valverde, a
San Francisco Solano y a Santo Toribio de Mogrovejo. Creo que estas
tres vidas son suficientes para comprender los Grandes Misioneros que
tuvo el Perú y para sacar de sus vidas inspiración para que nosotros
seamos los grandes misioneros que requiere hoy nuestra patria en el
tercer milenio de la fe y así podamos ser artesanos de la Nueva
Evangelización.
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