domingo, 11 de marzo de 2012

Grandes Misioneros de América y del Perú


¿Cómo fue posible esta gran gesta de la Evangelización Constituyente? Sin lugar a dudas ella fue posible en primer lugar gracias al gran amor con que Dios Padre nos ha amado porque como dice San Pablo, “se han hecho patentes la bondad y el inmenso amor que Dios, nuestro Salvador, tiene a los hombres. Él nos ha salvado, no en virtud de nuestras buenas obras, sino por puro amor; y lo ha hecho a través del agua, que nos hace nacer de nuevo y nos renueva bajo la acción del Espíritu Santo, que Dios ha derramado en nosotros, con abundancia por medio de nuestro Salvador Jesucristo”. 3
Pero también la Evangelización Constituyente fue posible gracias a la activa cooperación con la gracia divina, de tantos misioneros ejemplares, que dejando casa, padre, madre, glorias humanas y posesiones (ver Mt 19, 29) lo dejaron todo, y llenos de amor por Jesús, la Iglesia y la salvación de las almas, se lanzaron a la gran aventura de la evangelización de nuestras tierras. Su gesta nunca será suficientemente reconocida y agradecida. Muchos de ellos llegaron hasta el extremo de entregar sus vidas por el anuncio del Evangelio, siguiendo el ejemplo de Cristo y de los mártires del cristianismo.
Sí, gracias a estos grandes misioneros, América Latina y el Perú son un continente y un país católico. Y fueron grandes misioneros, porque no se anunciaron a sí mismos sino a Cristo y su misterio de salvación, núcleo de toda evangelización, ya que Cristo manifiesta el Plan del Padre y le revela a la persona humana, el modo de llegar a la plenitud de su propia vocación. 4
Fueron grandes misioneros porque fueron misioneros según el corazón del Señor Jesús, el primer evangelizador, porque supieron re-presentar (e.d hacer presente) al único Buen Pastor, el Señor Jesús, haciendo entrar a sus ovejas por la única puerta de la salvación que es Cristo.
Fueron grandes misioneros porque tenían un amor profundo por los indios que los impulsaba a llevarles el mensaje de la fe de manera sencilla, directa, completa y armoniosa. Y, a partir de Cristo, los educaban a resolver las exigencias de la vida, tanto personal, familiar, como social.
Fueron grandes misioneros porque mantuvieron una perspectiva integral en la que evangelización-salvación y la evangelización-promoción humana no están opuestas sino armónicamente unidas. Al ir a las raíces de la gesta evangelizadora de América Latina, descubriremos que la identidad de nuestro Continente se va forjando del anuncio de la Palabra y de la promoción humana como realidades que van siempre unidas.
Es decir había una visión de evangelización integral, siguiendo el modelo de la Cruz que está constituida por dos maderos: el vertical que representa la evangelización-salvación, y el horizontal que representa la evangelización-promoción humana. Suprimir alguno de estos maderos o dimensiones de la evangelización, convertiría la Cruz de Cristo en una estaca o en un palo tirado en el camino, y no en la Cruz gloriosa del Señor Jesús. Estos grandes misioneros tuvieron siempre presente la concepción integral de la evangelización, en la que sin menoscabo alguno del anuncio del Evangelio y la educación en la fe, se buscó servir al hombre de manera integral.
Misioneros franciscanos en México como Fray Martín de Valencia y sus doce compañeros llamados los Doce Apóstoles, entre quienes se encuentra Fray Toribio de Benavente, quien asumiera el nombre de Motolinía que significa “pobre”, porque así llamaban los indios a estos franciscanos; o Monseñor Vasco de Quiroga, Obispo de Michoacán (México), cariñosamente llamado por los indígenas con el nombre de “Tata Vasco” (Papá Vasco), o la gran obra de las “reducciones” en el Brasil, Paraguay y Argentina a cargo de Franciscanos y Jesuitas, son sólo algunos ejemplos de Grandes Misioneros de nuestra América Latina, que con su esfuerzo de una evangelización integral sellaron la identidad católica de nuestro Continente, designado por esta razón con justicia por el siervo de Dios Juan Pablo II, el Continente de la Esperanza, y llamado a ser ahora, por el Santo Padre Benedicto XVI, el Continente del Amor por la Eucaristía: “¡Sólo de la Eucaristía brotará la civilización del amor que transformará Latinoamérica y el Caribe, para que, además de ser el Continente de la Esperanza, sea también el Continente del Amor!”. 5
Pero el tema de esta conferencia, me exige centrarme solamente en los Grandes Misioneros del Perú. Cosa que quiero hacer como dije en la introducción, en dos momentos. En un primer momento dando una rápida mirada a la acción evangelizadora de las órdenes religiosas en nuestra Patria y en un segundo momento, aproximándonos a algunos de los grandes evangelizadores del Perú. El tiempo asignado me obliga a ser breve y a escoger sólo algunos ejemplos.

La acción evangelizadora de las Órdenes Religiosas en el Perú.

Si bien la evangelización fue una obra conjunta de los españoles que llegaron a los territorios del Nuevo Mundo, quienes dieron un primer gran impulso a la obra misionera fueron principalmente los miembros de diversas órdenes religiosas.
Al Perú llegaron para evangelizar, las órdenes dominica, franciscana, agustina, mercedaria y jesuita. Todas ellas se lanzaron con gran entusiasmo y esfuerzo a realizar el objetivo de la evangelización que es el anuncio del Señor Jesús, único salvador del mundo ayer, hoy y siempre. 6 Pero este anuncio supuso en cada caso algunos acentos particulares que enriquecieron y perfeccionaron el proceso evangelizador. Así los dominicos se caracterizaron por difundir las enseñanzas escolásticas, y centraron la difusión del evangelio a través de colegios y centros superiores de enseñanza abiertos a los naturales. Su contribución fue importantísima en la enseñanza de la fe católica.
Uno de los más grandes logros de esta orden, fue la fundación de la Universidad de San Marcos el 12 de mayo de 1551, por Fray Tomás de San Martín. San Marcos se hizo realidad por cédula real de Carlos I de España y V de Alemania, siendo oficialmente la universidad más antigua de América. Los dominicos también pusieron énfasis en el conocimiento de las lenguas autóctonas y de las costumbres locales para una adecuada evangelización. Fruto de esta preocupación fue el “Lexicon o Vocabulario general del Perú llamado quechua”, de Fray Domingo de Santo Tomás, publicado en 1560. Esta obra fue un aporte trascendental en la comprensión de las formas gramaticales y conceptuales de los indios.
Fueron dominicos también Fray Vicente Valverde, Juan de Olías, Jerónimo de Loayza (primer arzobispo de Lima) y Gaspar de Carvajal, quien acompañara a Francisco de Orellana en el descubrimiento del río Amazonas en 1545. No hay que olvidar que la orden dominica ha dado al Perú tres santos y una beata, de los cinco santos y dos beatos que tiene nuestro país inscritos en el Martirologio Romano: Santa Rosa de Lima, primera flor de santidad de América, San Martín de Porres y su compañero y amigo inseparable San Juan Macías y la Beata Sor Ana de los Ángeles Monteagudo.
Por su parte los franciscanos llegaron al Perú en 1542, destacándose por su fervor misionero. Los franciscanos llegaron hasta los lugares más recónditos del Perú con la finalidad de llevar la Palabra de Dios a todos los indígenas. Se dedicaron más que nada a las misiones populares, conviviendo prácticamente con los indios para transmitirles no solo con la palabra sino su testimonio de vida, la fe cristiana. Fieles a la unidad inseparable entre evangelización-salvación y evangelización-promoción humana, junto con el anuncio de la Buena Nueva enseñaron a los indios labores agrícolas (por ejemplo arar con bueyes, hacer yugos, arados y carretas), la gramática castellana (leer y escribir) y el arte de tocar instrumentos musicales de viento y cuerda, entre otros oficios. El primer franciscano en llegar al Perú fue Fray Marcos de Niza. Poco después llegaron los frailes Jodocko Ricke, Pedro Gosseal y Pedro Rodeñas. Para 1542 llegó al Perú una expedición conformada por doce frailes, lo cual dio origen a la provincia peruana franciscana de los Doce Apóstoles. Entre los esfuerzos por inculturar la fe cristiana entre los indígenas, cabe señalar la obra de Fray Luis Jerónimo de Oré, autor del “Símbolo católico indiano”, que además de incluir una gramática quechua y aymara, incluye una descripción geográfica del Perú y valiosa información sobre las costumbres de los naturales. Finalmente no hay que olvidar que la orden franciscana ha dado a la Iglesia del Perú un gran santo misionero, de quien hablaremos más adelante: San Francisco Solano, apóstol del Perú y de la Argentina.
Los agustinos llegan al Perú en 1551. En menos de diez años tuvieron iglesias y conventos en las principales regiones del virreinato. Dedicados como los demás a la evangelización, tuvieron sin embargo un papel preponderante en la conversión de los curacas y de las personas más importantes de los ayllus descendientes de los incas. Entre ellos destacan Fray Antonio de Calancha, autor de las crónicas sobre las acciones agustinas en el virreinato del Perú y Fray Alonso de Ramos Gavilán, quien participara extensamente en la extirpación de las idolatrías.
Los mercedarios arribaron al Perú en el temprano año de 1534. Su gran espíritu misionero hizo que la orden llegara a las altas cumbres de nuestra cordillera en búsqueda de los indios para evangelizarlos. Fueron mercedarios Fray Martín de Murúa, cronista que se dedicó a la recopilación de la historia del Tahuantinsuyo y autor de la crónica “Origen y Descendencia de los Incas” y Fray Diego de Porres, misionero dedicado a la enseñanza de la fe católica, apoyándose en instrumentos nativos como el quipu.
Finalmente la orden de la Compañía de Jesús o jesuitas llegaron al Perú en 1568. Su labor evangelizadora no sólo se centró en los indios, sino también en los descendientes de los principales curacas incaicos. Por ello fundaron en Lima y en el Cusco los Colegios Mayores para la educación de la nobleza andina. Asimismo se dedicaron a la enseñanza de los españoles para lo cual abrieron colegios en Lima y en el Cusco, y además en la ciudad imperial fundaron una universidad. Estudiaron a fondo el quechua y el aymara. Fruto de ello fue el diccionario de la lengua quechua de Diego Gonzales Holguín de 1608. Este libro fue de vital importancia para la labor evangelizadora ya que otorgaban a los misioneros el conocimiento necesario de las lenguas locales y los criterios para la interpretación de las tradiciones orales andinas.
Mención aparte es la persona del Padre José de Acosta, gran colaborador de Santo Toribio de Mogrovejo, segundo Arzobispo de Lima, de quien nos ocuparemos más adelante. Fue sin duda el brazo derecho de Santo Toribio en los altos asuntos del gobierno pastoral. Autor de la Historia natural y moral de las Indias, compuso también una obra admirable, De procuranda indorum salute, en la que, llevando a síntesis madura los estudios de autores precedentes, daba respuesta segura a muchas cuestiones teológicas, jurídicas y misionales. Escrito entre 1575 y 1576, este libro fue considerado desde su aparición como un importante Manual de Misionología. El Santo Arzobispo de Lima, encontró en el Padre Acosta un colaborador inteligente y eficaz.
Es bueno señalar que todas las órdenes, dominica, franciscana, agustina, mercedaria, y jesuita, sin excepción, fueron grandes defensoras de la dignidad de los indígenas, de sus derechos y justas aspiraciones. Desde la plena fidelidad al evangelio, denunciaron los abusos de los sistemas injustos aplicados a los indígenas, pero no por miras políticas ni por móviles ideológicos, sino porque descubrían en ellos serios obstáculos a la evangelización, por fidelidad a Cristo y por amor a los más pequeños e indefensos. 7

Algunos Grandes Misioneros del Perú

Nos toca ahora ver la vida y la obra del algunos Grandes Misioneros del Perú. Los evangelizadores de la primera hora. Son muchos los que podríamos presentar, pero por no disponer de mucho tiempo, quisiera limitarme a sólo tres: a Fray Vicente Valverde, a San Francisco Solano y a Santo Toribio de Mogrovejo. Creo que estas tres vidas son suficientes para comprender los Grandes Misioneros que tuvo el Perú y para sacar de sus vidas inspiración para que nosotros seamos los grandes misioneros que requiere hoy nuestra patria en el tercer milenio de la fe y así podamos ser artesanos de la Nueva Evangelización.

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